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Sesión 9: La montaña de calaveras

Aproximadamente una de cada cien es llameante...

El grupo se encuantra en una gran sala, dominada por un montículo de calaveras alrededor del cual un anciano troll pasea canturreando. Un enorme oso custodia las escaleras hasta el montículo.


El combate en el montículo de calaveras ha terminado con una nueva victoria para los aventureros. Tres salidas parten de esta sala:

  • Al noreste se abre un pasillo oscuro, húmedo, y extrañamente silencioso. A lo lejos oís el sonido del agua corriente.
  • Al oeste, unas escaleras descienden hacia una caverna envuelta en el familiar y penetrante hedor de los trogloditas. Vuestras agonizantes fosas nasales también detectan otro olor extraño mezclado con el primero, un aroma de… ¿humo?
  • La caverna que baja hacia el sur también está invadida por la peste troglodita. Los aventureros con afinidad por la magia detectan una leve aura de poder primal en esa dirección.

(Pako) Pako no duda. Por el pasillo del agüita. ¿Que está oscuro? Nadie como él para moverse en las sombras. ¿Que está silencioso? Ni siquiera sus ropas suenan al rozarse. Pero lo que le decide no es más que el descanso neuronal de su pituitaria al notar aire fresco por ese camino.

“Va a perseguir seres repulsivos y malolientes Maggie The Singer”, se dijo mientras daba los primeros pasos hacia el túnel…

(Jackie) Pues… Jackie no tiene muchas ganas de ir por dónde suena el agua,
porque le dan ganas de ir al baño. Pero lo cierto es que los otros
dos caminos tienen peor pinta y… huele a troglodita. El caso es que
le está empezando a entrar sueño, que con esto de la subterraneidad
uno ya no sabe qué hora del día es. Mejor dormir en un lugar
silencioso, así no te despiertas en medio de la noche. Y es que Nuca,
a pesar de ser una osa y pasar el invierno durmiendo, le cuesta
conciliar el sueño en cuanto hay un poco de ruido. Pobre.

Así que Jackie sigue con paso firme los pasos de Pako.

(Hop) Acompáñame, Picky. En un par de saltitos estaremos en ese pasillo… no se oye nada, así que tiene que haber algo seguro! Me lo dice mi experiencia aventurera anterior… y no sé qué es ese “metajuego” del que hablas!

(Xhal) Mientras sus compañeros comenzaban a adentrarse por el pasillo oscuro, Xhal estaba muy ocupado. Tras el subidón de adrenalina de la batalla, y observar cómo había conseguido infundir el terroir ni más ni menos que en tres calaveras de fuego, decide conmemorar este momento cogiendo lo que ha quedado de estos terribles monstruos y preparando un collar de dudoso gusto con ellas, que coloca a Qui’llo como premio por la batalla (los gustos estéticos de Xhal inquietan un poquito al intrépido triceratops, aunque lo deja pasar por esta vez que hay que reconocer que la ocasión lo merece).

Terminada esta operación, Xhal levanta la cabeza y… ¡el resto de su grupo no le han esperado! Esto hiere un poquitín su orgullo, pero se sobrepone y carga montado en Qui’llo contra el peligro más evidente, ya que no claramente deben haber ido hacia el sur… ¡¡¡Que se preparen los poderes primales, que no hay nada más primario que el TERROIR!!!

Los compañeros se adentran en el oscuro pasillo. Pese a que no oyen sonido alguno, salvo el murmullo del agua en una gruta cercana, no pueden evitar sentir un escalofrío. El camino se retuerce hacia la derecha y, al girar una esquina, el grupo casi pasa por alto un recodo a mano izquierda, que desemboca en una puerta.

Habéis llegado a una nueva bifurcación. Las opciones que se presentan son:

  • Continuar por el camino, que dobla en dirección al sur, ensanchandose. Al fondo creéis ver una rampa pronunciada que desciende, y apenas podéis oir el goteo del agua bajando por las estalactitas, en lo que parece ser una estancia bastante amplia.
  • La puerta, orientada al norte. Se trata de una gruesa puerta de madera vieja, oscurecida por la humedad. No encontráis cerradura alguna, aunque una robusta barra de madera atravesada por vuestro lado impide que se abra. Al otro lado se oye con más fuerza el murmullo del agua corriente que habíais notado antes. El marco de piedra que rodea la puerta muestra algunas extrañas marcas, como si la roca se hubiera derretido, o fundido. Observáis que el suelo bajo vuestros pies también tiene marcas similares.

(Pako) Pako desconfía de la puerta. El hecho de que el cierre esté en ese lado significa que la puerta no impide el acceso, sino la salida. El estado lamentable del marco no ayudaba a mejorar su opinión. “Qué habrá ahí dentro?”, se pregunta rozando con los dedos la roca que un día debió de derretirse. “Haya lo que haya, se han asegurado de tenerlo bien encerradito y no seré yo quien lo suelte”. Uno no llegaba a nivel 11 sin un mínimo de instinto de autoconservación.

El otro camino, más amplio, bajaba. Mucho. Y giraba en dirección contraria a la que habían ido siguiendo hasta ahora. Detestaba volver sobre sus pasos, pero no podría soportar estar en una gruta estrecha con el triceratops y la osa juntos. “Mejor que corra el aire…”

Y sin más, siguió caminando por el ancho pasillo. Quién sabe qué se encontrarían en las profundidades…

(Jackie) Pues Jackie, que siente mucha curiosidad, llama con fuerza a la puerta. A ver si alguien abre…

Pako avanza por el pasillo, sigiloso como una sombra, hasta que alcanza a ver la sala que se abre ante ellos. Como había anticipado, se trata de una estancia amplia, con un techo alto lleno de estalactitas, por las que gotea agua… o algo líquido, en todo caso. Ahora puede contemplar con claridad el contenido de la caverna: numerosas formaciones rocosas, algunas de las cuales se alzan hasta casi juntarse con las estalactitas de mayor tamaño. Entre estas formaciones, media docena de cuerpos musculados y grotescos se yerguen, dispuestos en círculo en torno al centro de la sala. Son trolls, sin lugar a dudas, pero hay algo extraño en ellos… su piel húmeda se asemeja a la piedra, y mantienen su posición impasibles y silenciosos. Pako se detiene, alerta, pero vuelve a respirar con tranquilidad: no ha sido detectado… aún.

Jackie propina un fuerte golpe a la puerta, aunque la mayor parte del sonido queda amortiguado por las gruesas tablas de madera húmeda. El impacto hace que la puerta se agite sobre sus goznes, aunque la barra impide que se abra de par en par. Sin embargo, basta para que Jackie pueda vislumbrar, a través de una rendija, la sala que hay al otro lado. Se trata de una caverna espaciosa, atravesada por una corriente de agua que se vuelve más ancha y profunda en su centro. La orilla opuesta apenas se alcanza a ver, pero parece haber una gran forma oscura recostada contra una pared. Los sentidos de Jackie, aguzados por miles de años de evolución, identifican un brillo familiar bajo la masa negra… Oro.

(Jackie) Mira, Pako, ¡aquí hay oro!

(Pako) El githerai se metió veloz en una cavidad sombría entre dos estalagmitas inmensas de tal manera que sólo podrían haberlo sacado de allí con una espátula. Con el corazón encogido y casi sin respirar, Pako esperó. “Estúpido híbrido… ¿Cómo se le ocurre gritar así en un sitio donde hay tanto eco?”, pensaba con los dientes apretados. Sus ojos fijos en los extraños trolls vigilaban cualquier movimiento de las criaturas. Parecía que no habían oído nada. Frunció el ceño. “Qué raro…”. Aun así, valiéndose de su extraordinario sigilo, salió de la caverna y fue rápidamente hacia la puerta que había descartado.

Mientras corría sacó su Ai-Path y dijo el conjuro de activación con un susurro. Dos toques con sus dedos en las runas precisas y… Ah… ahí estaba. El brillo del acero al carbono de las dos dagas de rodela que podían unirse por los mangos a placer para hacer un arma larga a dos manos le cegó por un momento. Serían suyas. Apagó el instrumento mágico justo cuando llegó a la puerta. Ya se le había olvidado que tenía que estar enfadado con Jackie.

- ¿Oro dices? – Jackie asintió. – ¿Cuánto exactamente?

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